19 octobre 2017 ~ 0 Commentaire

MÁS DE CINCUENTA AÑOS CANSADOS.

-Córtamelo cortito, que voy todos los días a la piscina.

Cármen, casi ochenta años de sabiduría. Pequeñita, el cabello gris. El rostro surcado de arrugas.

-No sabéis la suerte que tenéis las mujeres de ahora. Nosotras hemos vivido bajo el yugo de los padres, esclavas de los hijos y sometidas al marido. Ahora los hombres se implican más. El mío, trabajador un rato, pero de la casa y los hijos, se desentendía. Se iba por la mañana cuando estaban aun dormidos y volvía por la noche cuando ya estaban acostados. Que yo a veces le decía: « parece que vives en una pensión con derecho a zumbarte a la patrona cuando te apetece ». Y, ahora, con 83 años, enfermo, entonces se acuerda de mí. Anda y que le den. Yo ya no quiero saber nada. Ahora quiere ayudarme. Que estorba más que otra cosa.

Mientras habla, gesticula y mueve la cabeza. No sé yo cómo va a salir este corte, pero no quiero reprenderla y que deje de hablar. Creo que lo necesita.

-Y ya ves tú, a mis años, y tengo que andar corriendo para hacer las cosas en la calle, que si no se piensa que me he ido de picos pardos. ¡De picos pardos! ¡a mi edad! Si ni siquiera soy de sentarme en una terraza a tomar un café. Tú no seas tonta, lucha por vivir tu vida. Que  pasa muy rápido y, de repente, te ves cargando con un viejo y hasta las narices de todo.

-Cármen, ¿le parece así bien el corte?

-Si, si, muy bien. Cortito. Que yo luego no uso ni secador ni nada. Dime cuánto es que me voy pitando. Que este enseguida reclama la comida. No sabes la suerte que tenéis vosotras.

Y se marcha. El andar apresurado. La rutina asimilada. La batalla perdida. Al fin y al cabo, ya son más de cincuenta años cansados.

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