12 novembre 2017 ~ 0 Commentaire

Un año de duelo.

Ay, Fernando. De todas las faenas que me has hecho desde que estamos juntos, esta se lleva la palma.

Morirte así, de repente. Desnudo. Desmadejado. A las once de la mañana, Fernando. En nuestra cama. Y con otra.

Aprovechando que yo me había ido unos días a cuidar de mi madre. Imagínate mi cara cuando me llaman por teléfono del hospital para darme la noticia. Yo pensando que estabas trabajando y tú, mientras tanto, muriéndote mientras follabas.

Un infarto fulminante por sobre esfuerzo. Sobre esfuerzo, Fernando. Si cuando lo hacías conmigo ni sudabas.

Y con una chica tan joven. Que tenías edad para ser su padre, Fernando. ¿En qué estabas pensando?. Bueno, y en qué estaba pensando ella, salir así, medio desnuda, a avisar a los vecinos cuando te dio el ataque. Què vergüenza. A ver cómo les miro yo ahora a la cara, sobre todo a Purita, con lo estirada que es.

Ya me imagino los comentarios, las miradas de soslayo, las sonrisitas disimuladas.

Pero lo peor no es eso, Fernando. Lo peor es que yo ya lo sabía. Sabía lo de la chica y sabía lo del viaje. Vi los extractos de la Visa. Un viaje todo incluido a México. México, Fernando, eso son por lo menos diez horas de avión. Y a mí nunca quisiste llevarme ni a Mallorca porque te daba miedo.

Lo sabía y me estaba preparando. Me iba a apuntar a un gimnasio. Me iba a ir a la peluquería. Iba a empezar a salir, a vivir, a demostrarte que yo también podía ser atractiva. Que aún soy joven a mis cincuenta y tantos. Que detrás de la idiota en la que me había convertido, seguía habiendo mucha mujer.

Y vas y te mueres. Qué putada, Fernando, qué putada. A ver qué hago yo ahora con mi rabia, con mi despecho y con mi venganza. Que ser una divorciada resentida tiene su punto, Fernando, pero como viuda, tengo que hacer mi papel.

Así que aquí estamos. En el tanatorio. Rodeada de familiares y amigos que han venido a darte el último adiós. Qué grande eras, Fernando; qué buen hijo; qué amigo de tus amigos; qué cabrón.

Y estoy llorando. La gente me consuela porque cree que es de pena por ti. Pero lloro de rabia. Por mí. Por los años perdidos, por el amor desperdiciado. Porque has conseguido boicotear hasta mi derecho al pataleo, a montarte una escena, a una salida digna.

Y tu madre, Fernando. Que nunca me ha soportado. Que me culpó de no darte hijos. De que no triunfaras en el trabajo. Me culpaba cuando engordabas y cuando perdías peso. Ahora lleva horas pegada a mí. Llamándome hija. Me gustaría sentir compasión por ella, Fernando, pero no puedo. No siento su pena como no he sentido tu muerte. Han sido muchos años de rechazos, de desplantes y de humillaciones. De no estar a la altura de su niño. Su príncipe; el ojito derecho de su madre;  su hijo perfecto. Perfecto mamonazo estabas hecho.

Que tenemos que llevarte a enterrar al pueblo, dice, junto a tu padre y abuelos. No deja de repetirlo. A mí y a quien tenga la desgracia de pasar a su lado y tener que escucharla. Que en el pueblo sois muy conocidos. Que tenéis un panteón precioso, que da gloria verlo. Que así estará toda la familia junta, cuando Dios tenga a bien llevársela a ella. Amén.

Y yo ya no sé cómo decir que vamos a incinerarte. Que era tu voluntad. Que querías que arrojáramos tus cenizas al mar. Que te lo había prometido. Y voy a cumplir mi promesa, Fernando, pero a mi manera. Como tú cumplías las tuyas.

Van a incinerarte y te vas a venir a casa en una urna monísima que he encargado. Durante un año. Un año de duelo. Trescientos sesenta y cinco días para redescubrirme, renovarme y reinventarme. Despúes, voy a coger tus cenizas y las voy a tirar al vater. Que es como terminan en el mar las mierdas como tú.

Y voy a hacer las maletas y me voy a ir. A México, Fernando, que me han dicho que allí sí que saben cómo celebrar la muerte.

 

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