14 novembre 2017 ~ 0 Commentaire

COMO ESPUMA DE MAR

Hay un hombre observando el mar. No es un mar azul. El día está nublado y el agua refleja el gris del cielo. De vez en cuando, el viento se hace sentir, desplazando las nubes a su paso. Un grupo de gaviotas vuela agitado, anunciando en su lengua la llegada de la tormenta.

El hombre no es consciente ni del cielo ni del viento ni de las nubes. Tan sólo mira el mar.

Es un hombre delgado, de pelo canoso y escaso. Los hombros hundidos, el rostro pálido. Pocas arrugas, a pesar de que ya hace algunos años que celebró su vigésimo quinto cumpleaños por tercera vez.

Siempre le cautivó el mar. Sus colores, su olor, sus cambios de humor. Su inmensidad.

Aun recuerda la primera vez que lo vio. La ilusión previa preparando el viaje; los nervios intentando encajar todo el equipaje en aquel Seiscientos recién estrenado, pagado al contado después de haber ahorrado hasta la última peseta.

-Pero mujer, ¿dónde vas con tanta maleta? Ni que nos fuéramos para un año.

- No seas pesado, Manué, que con los niños hay que llevar muchas cosas. Por si se manchan, o si refresca o si llueve o si…

- ¡Vale, mujer! Pero si nos quedamos tirados a medio camino por el peso, no te quejes.

Y así comenzó el viaje. Madrid-Alicante en un Seiscientos. Un matrimonio, dos niños, una suegra, cinco maletas y un sinfín de meaburros, cúantofaltas y tengopís.

Y la llegada al destino. Y, por primera vez, el mar. Los saltos de excitación de sus hijos. Su suegra, por primera vez y milagrosamente, sin palabras. Las lágrimas no derramadas en los ojos de su mujer.

- ¡Qué grande!

-¡Qué bonito!

- ¡Cuánta agua!

- ¿Veis dónde termina?

- Eso es el horizonte, que nos lo han enseñado en la escuela.

Y su corazón que late desaforado. La emoción que atenaza su garganta. La mano entrelazada con la de su mujer. La absoluta seguridad, a pesar de haber nacido y vivido toda la vida en el interior, de que acaba de llegar al lugar a donde pertenece. Que no hay mejor perfume que el salitre, ni canción más hermosa que la que cantan las olas. Que siempre fue el mar. Y ya siempre será.

Hubo otros viajes. Otras vacaciones. La vida fue generosa con él y con los suyos.  El Seiscientos dio paso a un coche más amplio, más rápido. Pudieron viajar en barco e incluso en avión.

El número de pasajeros y maletas fue cambiando. LLoró al despedir a su suegra, en el fondo, una gran mujer. Los hijos se hicieron mayores. Encontraron sus propios compañeros de viaje.

Durante unos años, fueron dos solos. Luego, con el tiempo, se llevaron a los nietos. Pobres, con sus padres todo el día trabajando.

Nuevos nervios, nuevas ilusiones. Nuevos cuantofaltas y tengopís.

Y siempre el mar. Atlántico, Mediterráneo. Aguas cálidas y aguas frías. Aguas bravas, mares en calma. Mil puertos, mil playas. Todos diferentes y todo tan igual. La sensación, la ilusión, el amor.

Hoy el hombre ha vuelto a ver el mar. Probablemente, sea el último viaje. Está cansado y mayor.

Sus hijos lo acompañan. Las esposas de sus hijos; sus nietos y algunos amigos.

Y el amor de su vida. Su mujer. Su compañera de viajes.

La sostiene en sus brazos, con la serenidad de quien sabe que, a pesar del dolor, no hay otro remedio que dejar partir.

No llora. Él se queda solo pero le consuela saber que sus dos amores van a permanecer juntos mientras le esperan.

Dando un último beso a la urna, lanza las cenizas al mar.

 

Laisser un commentaire

Vous devez être Identifiez-vous poster un commentaire.

Surlesfeuillesmesmaux |
Mes romans Caroline Bordczyk |
Distributiondescartes |
Unblog.fr | Créer un blog | Annuaire | Signaler un abus | Spirousan
| Amprorransnig
| Mémoires de Je