14 novembre 2017 ~ 0 Commentaire

SANGRE DE OTRA SANGRE

Juan quería a su hijo como si fuera suyo. De hecho, así era para los demás. Su hijo. Su nombre y su apellido; su orgullo y alegría. Su Juanito.

Sólo dos personas sabían que, en realidad, padre e hijo compartían todo menos la sangre. Una de esas personas era él mismo. Y lo sabía porque era esteril desde que cogió la sífilis en un burdel de Argelia, cuando de joven se alistó en la Legión Extranjera. La otra persona era su mujer.

Al principio, no estaba segura de si el niño en su vientre era de su marido o de Miguel, que tenía un puesto de venta ambulante de pescado y solía quedarse como huésped en casa de la madre de Juan.

Con los años, vio que el niño era idéntico a su padre y no compartía ningún rasgo con su marido. La vergüenza y los remordimientos la convirtieron en una mujer desconfiada y malpensada. Juzgaba la moral del resto de mujeres como si el bastardo que había colocado a su marido hubiera sido fruto del Espíritu Santo y no de un polvo clandestino y, seguramente, apresurado.

Juan aguantaba todo. Los cuernos, el mal carácter y los celos de su mujer. Los comentarios de vecinos preguntando a quién se parecía ese niño. Juanito era su hijo. Lo había tenido en brazos. Le había enseñado a andar en bici. se mataba a trabajar por darle lo mejor. Para el niño, él era el mejor papá del mundo.

Sólo había una cosa que Juan no podía dar a su hijo: un hermano. Cuando el muchacho le decía:

- Papá, ¿no me vais a traer un hermanito?

Juan, con un amago de sonrisa, contestaba:

- Pídeselo a tu madre.

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