07 décembre 2017 ~ 0 Commentaire

SIN PALABRAS.

Me acostumbré a verlo cada vez que paseaba por el parque del Retiro. Era uno más entre tantos artistas callejeros, con más o menos talento, que intentan llamar la atención de los paseantes para así conseguir unas monedas.

Músicos, cantantes, malabaristas y algún mago. Y él, el mimo. El color negro de su ropa acentuaba la delgadez de su cuerpo. Su cara pintada de blanco daba relieve a su papel de personaje tímido y vulnerable, invitando a la ternura.

Me gustaba verle actuar. Limpiando ventanas, encerrado en una urna, jugándose el tipo imitando a algún señor malhumorado que amenazaba con partirle la cara. Ofreciendo a una anciana una flor y una reverencia, haciéndola ruborizar de placer.

Un par de veces nuestras miradas se cruzaron. Alguna vez, tras dejar unas monedas en el sombrero que dejaba en el suelo a tal efecto, me lanzó un beso.

Pero nunca hablamos, hasta aquella tarde. El cielo se volvió negro y sin avisar, se desató la tormenta. Yo, que iba sin paraguas, apresuré el paso. Pero al pasar junto a él, me detuvo y se ofreció a acompañarme bajo su paraguas. Me cogí de su brazo y paseamos, empapados.

Esa primera vez llevé yo el peso de la conversación. Es difícil hablar con las manos mientras se sujeta un paraguas imaginario. Le conté que había terminado en Madrid escapando de una historia con final infeliz. Que me encantaba vivir allí, pero que echaba de menos el mar, el ritmo de mi pequeña ciudad. Que había encontrado un trabajo, si no apasionante, al menos bastante satisfactorio. Que apenas había hecho amigos, que del amor huía como de la peste. Llegamos al punto en que debíamos separarnos. El se despidió con una reverencia. Yo, con un hasta la próxima y una sonrisa boba en la cara.

Tardé una semana en volver a verle. Un resfriado por caminar bajo la lluvia tuvo la culpa. Esa tarde, aunque fresca, estaba despejada. Bueno, todo lo despejada que la contaminación que cubre Madrid habitualmente permite. Pasé junto a un artista argentino que manejaba unas marionetas, a las que hacía bailar a ritmo de  tango. Un acróbata con poca habilidad y varios cantantes imitando a Sabina. Me detuve a escuchar a un hombre mayor interpretando La Chacona con su violín. Siempre he estado enamorada de esa pieza.

Y allí, al fondo, junto el embarcadero, estaba él. El mimo. Me acerqué y me senté en el suelo para verle actuar. Estaba contando una historia de amor. De  un jóven que se enamoró de una chica bellísima, que no le correspondía. Sus manos y su cuerpo nos narraron que el joven, lejos de rendirse, siguió cortejando a la muchacha, con flores, con poemas a la luz de la luna, con canciones bajo su ventana, haciéndola reír con sus tonterías. Hasta que la jóven le entregó su corazón y sellarón su amor con un beso, beso que fue capaz de dramatizar poniéndose de espaldas y abrazándose a sí mismo.

Cuando terminó, la gente aplaudió encantada. Cuando acercó el sombrero, apenas tres o cuatro depositaron unas monedas, el resto, de repente recordó que tenía mucha prisa. Esperé a que terminara para acercarme.

-Venga, te invito a merendar. Te lo has ganado con tu historia.

 

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