26 juin 2018 ~ 0 Commentaire

OLVIDO

Pepi es menuda, pequeña, delgada. Permanece con la cabeza gacha, la barbilla pegada al pecho, la espalda encorvada. Cuando se endereza, cuando levanta la cabeza, muestra su mayor tesoro, unos ojos enormes, vivaces, llenos de vida.

Pepi es madre, es esposa, es hermana y es hija, pero, desde hace unos años, ya no es ninguna de esas cosas.

Pepi tiene sesenta años y sufre Alzheimer.

Durante un día, Pepi es mi compañera de habitación en un hospital. En apenas veinticuatro horas, conozco a su marido, a sus hijos, a su madre que, con noventa y tres años, ve cómo su hija pequeña se va perdiendo en el olvido, consumiendo en vida;  a sus hermanos, a su cuñada y a una sobrina.

Y, sobre todo, durante un día conozco el significado del amor con mayúsculas, de la ternura. De lo que significa unidad, familia.

Pepi habla y canturrea constantemente. Discursos y canciones incoherentes, sin sentido. De vez en cuando me mira y me sonríe. Pasea por su hijo, con su hermano.

Se acerca a mi cama y toma mis manos. Me pregunta si he tomado mi medicación. Antes de enfermar, Pepi trabajaba en un centro cuidando a personas mayores, personas con demencia o Alzheimer.

Ahora, en ese mismo centro, las que fueran sus compañeras la cuidan a ella.

Pepi no sufre, porque no recuerda. Hace tiempo que dejó de ser madre, que dejó de ser hija, esposa, hermana o compañera.

La tristeza se queda en los ojos de los que un día fueron parte de su vida, en el llanto quedo de una madre no reconocida por su hija.

Un camino de lágrimas conduce al lugar donde el olvido habita.

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