06 novembre 2018 ~ 0 Commentaire

NO TODOS LOS DIFUNTOS.

Mi nombre es Paula. Seguramente hayan visto mi imagen en televisión, en prensa, en redes sociales. Desaparecí hace hoy un año. Mis padres no pierden la esperanza de encontrarme con vida.

Pero les contaré un secreto: estoy muerta.

La víspera de Todos los Santos, regresando de una fiesta, fui violada, golpeada y estrangulada  por el taxista que me llevaba a casa. Mi cuerpo enterrado en un vertedero. Mi lápida, un montón de bolsas de basura.

No me detendré en los detalles de mi agonía, de mi miedo, de mi dolor. Por una parte, para no herir la sensibilidad de algunos de ustedes; por otra, para no alimentar el morbo de los otros. Tuve suerte de que mi verdugo gozara de inmejorable forma física, por lo que pudo someterme sin problemas y matarme en un periodo relativamente corto. Siempre he tenido tendencia al optimismo y estoy segura de que pudo haber sido peor.

No es agradable morir. Al menos, morir de la manera en que yo lo hice. Sin dignidad, sin defensa, sin argumentos que justifiquen mi abandono del mundo de los vivos. Sin la oportunidad de que me lloren, de que me ubiquen. No estoy viva ni muerta, mientras no hallen mis restos. Ni en el cielo ni en el infierno, si es que existen, mientras siga vagando mi espíritu.

Regresaba, como digo, a casa de una fiesta de Halloween. Se suponía que esa noche dormía en casa de una amiga, sus padres no estaban en casa, pero me cambió por un chico que hacía tiempo le gustaba. Para eso estamos las amigas y hoy por ti mañana por mí. Solo que yo ya no tengo mañana.

Aunque no vivía demasiado lejos de la discoteca, preferí pedir un taxi. Hacía frío y llevaba poca ropa para caminar por la calle; además, había bebido. Mi padre siempre insistía en que le llamara, fuera la hora que fuera, para que saliera a buscarme, pero me dio pena despertarle. Una cosa es ir andando a casa, nunca sabes qué te puedes encontrar. Un taxi es una buena opción. Soy una chica sensata, buena estudiante. Un taxi es seguro. O tal vez no.

Durante el trayecto, mi futuro ejecutor intentó darme conversación. Yo iba disfrazada de Catrina, aunque a esas horas, el maquillaje me daba más aspecto de panda que de preciosa calavera, pero él hablaba de tradiciones, de su luna de miel en México, de sus tiempos, de los tiempos de ahora. De todo. De nada. Yo intentaba seguirle la corriente, aunque estaba cansada y algo ebria, respondiendo con frases cortas al principio, monosílabos después. Hasta que me dormí.

Desperté en el vertedero que sería a partir de entonces mi tumba y mi nuevo hogar, al que regreso cada noche a la espera de que me encuentren. Sentía la tierra en mi espalda y un cuerpo pesado sobre mí; rasgando, tocando, mordiendo. Intenté defenderme, juro que lo intenté. Al quinto golpe, me rendí. Salí de mi cuerpo y me senté a observar lo que ese hombre hacía con él.

He sido testigo de cómo la materia de mi cuerpo se iba descomponiendo. Los músculos que se endurecen, la rigidez; los gases pudriendo mis células, los insectos que me convierten en incubadora para sus larvas; el hedor que se mezcla con el de la basura que me cubre y me rodea. La piel que se retrae, convirtiéndome en una caricatura esperpéntica de mí misma. La carne que va desapareciendo. Hasta que de mí no hallen más que huesos. Tal vez ni eso.

Ojalá alguien escribiera mi epitafio: Aquí yace una joven, que salió a festejar la muerte y se quedó bailando con ella para siempre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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